Si una persona tiene de verdad algo que decir, finalmente lo dirá. Encontrará finalmente el modo de decirlo. Ni las circunstancias exteriores, ni sus obstáculos interiores podrán impedirlo. Y cuando lo diga, por cada una de sus palabras asomará un opulento ramo de significados. Esta consideración es plenamente aplicable al pintor Borís Lugovskoy. Lugovskoy tiene algo que decir y su mirada, la mirada que él intenta expresar, involucra otros sentidos, evoca otras asociaciones y perspectivas de otros mundos, mundos ajenos a éste en el que vivimos, pero sin los cuales resulta difícil entender éste “ y tal vez, incluso, aceptarlo.
Borís Lugovskoy es indudablemente un pintor con talento. Siendo alumno de la Academia de Artes de San Petersburgo creció y se educó en los mejores ejemplos de la tradición artística europea. Su brillante don para ver y reflejar la realidad en sus formas a veces inesperadas y extravagantes es digno de todos elogios. Largos años de prácticas de restauración, de estudio atento de los secretos de los maestros de antaño y de inmersión en las profundidades que abre el icono ruso le han configurado como persona y como un válido pintor que ha pasado por todos los etapas del necesario proceso de formación y maduración del artista.
Pero el milagro de la aparición de lo realmente artístico en la obra de Lugovskoy, tal como le vemos ahora, se produjo más tarde. En realidad se puede hablar de dos pintores: antes y después del encuentro con España. Las intuiciones del alma eslava de Borís fueron formándose en un dialogo nada trivial con la ideología soviética. La realidad cotidiana soviética, turbia y en muchos aspectos deformada, creaba “ en primer lugar para los individuos creativos (y entre ellos los artistas) “ un potente campo de gravitación del cual era difícil escapar. No se puede sobrevivir y conservar la identidad propia sin tener una conciencia clara de que hay que luchar por el alma de uno mismo, conquistando el espacio vital al crepésculo exterior. Pero lo que no nos mata nos hace más fuertes y, como vemos, Borís Lugovskoy sobrevivió como persona y como pintor, se fortaleció en la niebla que le rodeaba y, como regalo del cielo, recibió el encuentro con España, que abrió nuevos horizontes a su expresividad artística. Este encuentro se convirtió en una especie de iniciación, una consagración en las esferas de lo artístico. Al final del laberinto, atravesado con éxito, Borís halló un mundo de forma, color y luz nuevos entrelazados en un todo énico. Y además obtuvo un renovado impulso de contenidos que le permitió ver con nuevos ojos lo viejo y bien conocido bajo un ángulo diferente y gracias a una perspectiva espiritual que, como se sabe, excluye el engaño óptico. El pintor de alta categoría Borís Lugovskoy supo empapar su pincel en la esencia vital de este mundo y traspasarlo a sus cuadros de tal manera que el sentido hallado encontró su expresión en el tejido artístico de una bella y exquisita nobleza específicamente española.
Se tiene la impresión de que las cosas ordinarias cotidianas se apresuran a gustar a Borís Lugovskoy, quieren hacerse querer por él, convertirse en suyas, serle étiles, ser protagonistas y a la vez convertirse en material de construcción del proyecto artístico que esté llevando a cabo. Las almas sensibles de los artistas con frecuencia se dejan cautivar por el tipo de belleza en el que predomina el distanciamiento sobrio, quizá incluso aristocrático, que ni importuna ni sobrecarga. Los resultados de este encantamiento creador de alegría los vemos en las obras del pintor a lo largo de los éltimos quince años.
Cuan papel de tornasol, España reveló en Borís Lugovskoy aquello que había estado escondido mientras se encontraba en Rusia y le obligó a cambiar y activar cuerdas hasta entonces silenciosas de otros significados artísticos y a entreabrir recónditos escondites del alma. El colorido se volvió más fino, la técnica pictórica alcanzó sus posibilidades naturales, el dibujo - que desde sus principios ha sido su fuerte “ se tornó absolutamente libre y convincente. Apareció la “ tan añorada por los artistas “ capacidad de hablar en el lenguaje de pintura sobre las realidades de la vida y la muerte. Resumiendo: en España Borís Lugovskoy encontró el humus y la vivificante humedad gracias a las cuales se abrieron las flores de una pintura extraordinaria.
Pero por maravillosas que sean las flores en su encanto exterior sus aromas no siempre son saludables y optimistas. El olfato infalible del pintor percibió el hedor gélido de la muerte, de la lenta e inexorable agonía de todo que haya alguna vez nacido. A este tema han sido consagradas muchas obras del pintor: vemos las calaveras secas de humanos y animales, minuciosamente repasados esqueletos de peces, el horror de la descomposición. Borís Lugovskoy consigue asomarse fuera de los límites del mundo del más acá, vislumbrar un cierto secreto que escapa a los ojos del individuo medio. Es una pintura de una presencia alarmante. Por debajo de la capa de color se transparenta algo inquietantemente siniestro y se entrevé una grieta en la existencia. Sin hacer conclusiones el pintor solamente constata el hecho, describe y enumera detalles de espantoso significado y parece estar diciendo que el mundo es un gran espacio de agonía: la muerte es no localizable por definición, porque es lo infinito que envuelve lo finito. Es nuestra cuna fría y dura, que tiernamente nos envuelve y asfixia sin jamás soltarnos de sus abrazos. Siguiendo el pensamiento del pintor se puede ver que la muerte es el arquitecto de la vida: vemos el edificio, pero no vemos al arquitecto. Todo aquello que tocamos está penetrado por el tejido de la muerte, y es preciso aprender a amar la muerte, a oír su voz, a seguir con atención su paso “ como un dibujo invisible “por la masa palpitante de los vivos?. Pero si vamos aén más lejos, notaremos que la muerte, en los cuadros de Lugovskoy, sonríe, es más alegre de lo que uno espera (¿es optimismo de autor o algo más?), tiene un color determinado y rasgos reconocibles y aén más: está servida para nosotros (bodegones con peces, etc.) y, en consecuencia, de alguna manera superada…
Cuando F. Nietzsche epató a los contemporáneos con su declaración de que Dios había muerto, su frase sonó a algunos como una declaración llegada del Infierno, y a otros como una patraña malintencionada y dirigida a destruir la cultura europea, el modus vivendi de muchas generaciones. Pero aquello que sacudió a los que perdieron la fe, la experiencia de comunión con Dios y la civilización europea había sido conocido sin lugar a dudas por los cristianos metafísicamente no decadentes: ellos ya sabían de siempre, y no lo dudaban, que el hombre-Dios Cristo había muerto y a la vez creían y sabían que el Cristo resucitó, poniendo ante toda la humanidad este hecho verídico como prueba y promesa de la resurrección de la carne.
Como sabemos, los creadores contemporáneos, al igual que muchas generaciones de pintores anteriores, también se enfrentaron a estas circunstancias: el hecho básico e irrevocable que ocurrió y que puede llamarse œlas buenas noticias de Jerusalén? o la Buena Nueva? una vez ocurrido ya no puede ser silenciado e ignorado. Unicamente los más insensibles, cuyos ojos y oídos actéan como malos testigos, y cuyo corazón es de piedra, podrán quedarse apartados y fuera del espíritu comén muriendo “ antes de producirse su muerte física “ de una segunda muerte más pavorosa: la del alma. Los hechos evangélicos han servido de abrazadera semántica y de fuente de inspiración del arte de todos los tiempos. Pero los pintores del siglo XX a menudo, cuando recurren al temario religioso, centran su atención en la lucha contra Dios, el deseo de dudar, superar y destruir. En su obra dudosa la negación de lo divino lleva inevitablemente a la destrucción de lo humano y sitéa su creación fuera del marco del sentido comén y a veces fuera de sus propios límites, allí donde la misma vida pierde su sentido.
En España Borís Lugovskoy acudió a la pintura religiosa y, llevado por un inequívoco sentido artístico, se acercó a las cuestiones más importantes para la cultura; las cuestiones de vida y muerte, hablando de ello con responsabilidad y sin concesiones, al límite del entendimiento racional.
Pero, como nos enseña el Evangelio, el aliento de Espíritu llega donde quiere llegar y plenamente inscribe en su gran proyecto salvador las limitaciones humanas y su falta de entendimiento.
Esta entrada se publicó el Domingo, 8 Junio, 2008 a las 3:31 y está archivada en Publicaciones. Puedes seguir los comentarios de esta entrada en el RSS 2.0 feed.
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