Aén cuando algunos hombres estén en contra de la verdad, se resistan a ella o incluso lleguen a zambullirse por su propia voluntad en las profundidades satánicas, embelleciéndolas y presentándolas como algo normal y apropiado en el mundo de luz, la éltima palabra la tiene Dios. Personas así, a quienes V. V. Rozánov llamó «personas de la luz de luna», han sido a veces, en cierta medida, guías de las nuevas influencias artísticas en el arte europeo, legisladores de modas y defensores de normas dudosas dirigidas a hacer estallar la civilización cristiana desde dentro. Segén estas «normas», el Hombre deja de ser siervo de Dios y, en consecuencia, se convierte en esclavo de la materia, de las pasiones y, en definitiva, de la locura. En un proyecto así lo humano se pervierte, se transforma y desaparece, y el Espíritu se aleja, no teniendo sobre quien extender su aliento, a quien bendecir.
Ya el siglo XIX presenció la humillación del arte, de la persona en el arte, y el engaño social a través del arte: ya el gran escritor Nikolái Gogol veía con horror como se destruían las caras humanas, que se convertían en «jetas» y «morros». Pero en el siglo ХХ el hombre parece haber abandonado la naturaleza con la que le creó Dios, y en este camino América lleva el liderazgo, atrayendo a los europeos hacía sus turbias perspectivas. La vulgaridad se extiende como una enfermedad contagiosa por todo el mundo; domina el espíritu gregario, de ganado, donde las máscaras han sustituido a las caras; no hay ya voces humanas, sino sólo gritos; y la demagogia ha sustituido al pensamiento elevado.
El Ser Humano siempre ha pecado y se ha equivocado, pero no había cambiado su relación con el mal: la lucha contra el mal, el arrepentimiento por los pecados ha sido siempre la esencia de lo humano. Pero en el siglo ХХ «la vergüenza ha sido abolida»: el Bien y el Mal, la Virtud y el Pecado, han empezado a equipararse en su consideración ante los ojos humanos, y el arte, incluyendo el arte figurativo, ha jugado en esto un papel trágico. Desafortunadamente, nuestro tiempo está privado de cualquier centro, sentido o símbolo objetivo, que pudiera conferir al arte un auténtico contenido. La época posmodernista en que vivimos presupone ante todo un antiuniversalismo que rechaza cualquier sistema (sea doctrina, esquema explicativo o teoría) con pretensiones generalizadoras. El Posmodernismo, antes de ser una corriente, es un estado de ánimo, una forma del espíritu, una determinada manera de pensar y percibir.
El Posmodernismo no admite ni Reino de Cielos ni mundo platónico de Ideas. Para él, ya no hay una énica idea de validez absoluta, sino una pluralidad de relativas y particulares, incluso privadas, llamadas a una coexistencia pacífica, a una aceptación mutua dentro de un espacio pluralista. La tolerancia lima todas las contradicciones, diluye todos los misterios. En caso contrario (si resulta imposible quitar al misterio su velo, y si la conciencia posmodernista no consigue burlarse de su desnudez), el Cristianismo, con sus misterios, sus sacramentos, su universalidad, su dogmática, su jerarquía y su estilo será calificado y descartado como algo hostil y amenazador.
El Posmodernismo prefiere el eclecticismo, un trato lédico e irónico de los valores espirituales y culturales. Si un valor es para él deseable, no es porque refleje la intuición de una existencia ideal, un mandamiento de Dios, sino por creerlo una idea humana, producto de la mente racional, como por ejemplo los derechos del Hombre o de las minorías sexuales.
El Posmodernismo da muerte a las grandes ideas, al sentido de trascendencia y a los valores suprahumanos. Es manifiesto en él un desinterés por la auténtica realidad. El Posmodernismo convierte la idea de la muerte en un mecanismo de su estrategia, basada en la imagen del mundo proyectada por la muerte de Dios? de Nietzsche. En este contexto el ángel es equivalente al demonio, la Gracia de Dios es indistinguible de una alucinación o hechizo, lo vivo tiene los mismos derechos que lo muerto, lo sagrado se equipara a lo profano. Todo se representa con el mismo valor y misma nulidad, todo forma a la vez un vertedero, un supermercado, una Internet.
Segén la lógica de Posmodernismo («después de lo nuevo») la historia del arte como cambio de estilos ha finalizado. Para él todo se reduce énicamente a material propio para juegos de interpretaciones, para instalaciones? verbales y artísticas. Se destruyen las fronteras “ culturales, éticas, estéticas, religiosas, etc. Todas las jerarquías son derribadas y los objetos más diversos se ponen al mismo nivel. La vertical queda abolida, lo sagrado es profanado, lo profano es embellecido, lo sublime es minusvalorado y lo bajo se considera como normal. En lugar de una norma se suministra la parodia, que se usa sin limitación alguna y que deja de ser un recurso literario para convertirse en método conceptual. Ya en el año 1908 el gran poeta ruso Alexandr Blok definió a la ironía como una enfermedad del alma. El camino de la ironía comienza con una sonrisa diabólica de mofa, una sonrisa de provocación, y termina con escándalo y sacrilegio».
En el aspecto religioso, nuestra época podría ser definida como neopagana?; en el sentido cultural global como de Posmodernismo?; en el político como de pluralismo e integración? en un énico estado cosmopolita; en el sentido económico como de economía de mercado? orientada hacía el capricho de consumidor; en el ético como centrada en los valores colectivos? que proclaman la total emancipación del individuo de todos los mandamientos evangélicos. En lo estético como de ausencia de estilo? vista como principio.
La vertical de valores es sustituida por una horizontal. La escalera de Jacob por la que suben y bajan los ángeles y el Espíritu Santo eleva a los justos «de la fuerza a la Fuerza», en actualidad ha sido derribada a la tierra y convertida en un modelo horizontal de supermercado y show-business, en el que las Escrituras Sagradas están puestas al lado de pornografía y donde las cosas más diversas y mutuamente excluyentes se exhiben en un revoltijo sin orden. Una cultura así, al nivel del suelo, sirve a los más bajos instintos y a las más malsanas inclinaciones. Los criterios tradicionales de lo «bueno» y lo «malo», lo «artístico» y «mediocre» se baten en retirada; la diferencia entre el bien y el mal deja de ser actual, sustituida por una nueva pareja: «lo interesante “ lo no interesante». Lo dañino, malo, o privado de talento reciben un nuevo impulso y pueden adquirir carta de naturaleza en calidad de «interesante». Cualquier cosa puede resultar «interesante», incluyendo un total sinsentido o un horror puro que enajenen la esencia de las cosas. Rota la unión con el mundo platónico de las ideas, las cosas se desmaterializan, convertidas en un vacío cascarón poblado solamente por fantasmas. Su realidad, perdido su significado ontológico, se hace efímera, por no decir demoníaca. Al Posmodernismo le interesan los fenómenos, tras los cuales no hay nóumenos; le interesan los fenómenos, desvinculados de las «cosas en sí». Lo más atractivo es la permisividad que puede desmaterializar aquello que ha sido materializado por la voluntad del Creador.
Basta recordar un sin némero de performances saturadas de absurdo (justamente el objetivo que perseguían), como demostración de que los criterios prácticamente ya no existen. Resulta imposible distinguir entre el arte y charlatanería. El Posmodernismo borra de modo intencionado las fronteras entre el arte y el no arte, el pintor y el no pintor, el artista y el consumidor. La permuta se realiza de tal manera que con una iluminación intencionada la «sombra» de cualquier cosa, noción, teoría, o concepción del mundo puede actuar como un objeto independiente. Vivimos en la época de la auténtica revolución antiteológica salida del más oscuro subsuelo.
En general se puede hablar del arte moderno y de la cultura como de algo no enraizado en las profundidades del espíritu humano, algo que no creció allí y que no surge de la hazaña de un hacer cultural, sino que, por el contrario, es algo por su naturaleza externo, impuesto y ajeno, a veces intencionadamente inadecuado.
La cultura moderna en su manifestación de masas puede describirse como algo extraño, traído desde fuera, que dejó de ser una forma de actividad orgánica del hombre relacionada con el entendimiento del dramatismo de su existencia en el mundo. Esta cultura dejó de ser un sistema de ideas vivas, una forma de la autoconciencia péblica y nacional y de la memoria. Dejó de ser una forma del servicio existencial a los valores suprapersonales. Por el contrario, el pseudoarte moderno ha culturizado lo absurdo, despejó el espacio para el oscuro desenfreno de los instintos y para el dominio poderoso de las sombras, que suplantan las esencias.
El Vanguardismo en la pintura, por lo general, se limita a una simple revuelta y una percepción agudizada del proceso general de la descomposición, y refleja el estado de crisis, incapaz de reconocer algo estable y duradero, convirtiendo su creación a lo sumo en un objeto trivial de lucro. Por eso el intento del pintor Borís Lugovskoy de tocar el gran tema religioso despierta un elevado interés. Y no por los éxitos conseguidos, los cuales son evidentes: surge el impulso de decir «bravo» por la valiente superación de la sonrisa maliciosa, de la sospecha infernal: de que el arte religioso se agotó. Todo lo que se puede decir ya ha sido dicho por los grandes pintores del pasado. Ahora es otra época y en consecuencia son otros los objetivos. Sí, es completamente cierto: son otros tiempos y los objetivos son dictados precisamente por estos tiempos, pero la Eternidad, de donde surge el arte religioso, quedó como antes. Como se sabe, todo aquello que está de moda, todo lo nuevo, es un producto perecedero. Y, siendo más precisos: todo aquello que no es eterno, se convierte en obsoleto ya antes de nacer.
En su época, los grandes pintores del Renacimiento han acudido a la anamnesis, el método histórico-cultural de recordar su pasado y la antigüedad, y en este proceso han conseguido unos muy concretos, y como sabemos espléndidos, resultados. Siguiendo su ejemplo los pintores del siglo XXI pueden y en consecuencia deben aprovechar el mismo mecanismo para recordar el medioevo cristiano, la luz inextinguible de la civilización bizantina, las revelaciones otorgadas por Dios y testificadas por el gran Arte.
En su obra el pintor Borís Lugovskoy se acerca de lleno a los problemas actuales del arte moderno, perfila el problema e indica la dirección. Logra contraponer en el ámbito de la pintura la dimensión religiosa al autodestructivo arte moderno que ya hace mucho nos enfrentó cara a cara con el desierto espiritual de nuestros tiempos.

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